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Pío Baroja, el árbol de la Ciencia y más.

Pío Baroja (San Sebastián 1872; Madrid, 1956) fue un escritor español de la Generación del 98. Terminó la carrera de Medicina en Valencia y en su obra, los galenos aparecen por doquier. Agnóstico, tuvo que “pelearse” con medio pueblo de Cestona (Guipúzcoa), su primera plaza de médico, y ello le hizo abandonar la profesión y dedicarse a la Literatura.  Escribió su primer libro, Vidas Sombrías, en 1900 y fue todo un éxito. Después vendrían otros como: Zalacaín el aventurero, La busca, El árbol de la ciencia o Las inquietudes de Shanti Andía.

 

 De su formación científica deja constancia clara y diáfana en su obra, adentrándose también en la Matemática. De ello les traemos varias pinceladas:

En La Guerra civil en la Frontera, en el tomo VIII, toda una declaración de intenciones:

…/…Yo siempre he creído que, a medida que pase el tiempo, la ciencia ha de dirigir los países y la humanidad entera. La ciencia es la cantidad de verdades que va encontrando el hombre a lo largo de la historia. Muchas de estas verdades parece que no tienen por el momento interés humano, pero se puede suponer que lo han de tener algún día, si no inmediatamente, con el tiempo. No hay para qué decir que yo creo en el perfeccionamiento más o menos dentro de la especie humana. Lo que no creo es que se deba confundir la ciencia con las generalizaciones prematuras. Éstas se prestan a errores que cuestan la vida a infinidad de hombres. Si en la teoría soy completamente evolucionista, no siempre estoy conforme en los procedimientos que los progresistas consideran los mejores. …/…


Aquí aparece en la película sobre su libro"Zalacaín el aventurero, de Juan de Orduña(1955).

En Cuentos, en el titulado  Parábola escribe:

Y no encontré la dicha.

Y cuando el poderío se me hizo repulsivo, quise ser sabio, y estudié en Egipto, y en Babilonia y en Persia, y en Caldea, y medí la distancia de los astros, y calculé las alturas del sol. Y vi que en la mucha sabiduría hay mucha molestia y que quien añade ciencia añade dolor.

Y no encontré la dicha.

 Ya repite en otras obras esto de que el excesivo conocimiento disminuye la felicidad. 

El árbol de la ciencia” es una de las obras cumbre de Baroja.  La escribió  en 1911 y trata sobre la vida de Andrés Hurtado, estudiante de Medicina, en el Madrid de finales del siglo XIX. Al parecer es la vida del novelista, que entre otras hazañas, no guardaba buenos recuerdos de sus profesores.  El asunto central es la protesta social y política, denominador común de toda la generación del 98.

En esta novela podemos encontrar bastantes referencias matemáticas:

…/…Al decir Andrés que la vida, según Letamendi, es una función indeterminada entre la energía individual y el cosmos, y que esta función no puede ser más que suma, resta, multiplicación y división, y que no pudiendo ser suma, ni resta, ni división, tiene que ser multiplicación, uno de los amigos de Sañudo se echó a reír.

—¿Por qué se ríe usted? —le preguntó Andrés, sorprendido.

—Porque en todo eso que dice usted hay una porción de sofismas y de falsedades.

Primeramente hay muchas más funciones matemáticas que sumar, restar, multiplicar y dividir.

—¿Cuáles? —Elevar a potencia, extraer raíces... Después, aunque no hubiera más que cuatro funciones matemáticas primitivas, es absurdo pensar que en el conflicto de estos dos elementos la energía de la vida y el cosmos, uno de ellos, por lo menos, heterogéneo y complicado, porque no haya suma, ni resta, ni división, ha de haber multiplicación. Además, sería necesario demostrar por qué no puede haber suma, por qué no puede haber resta y por qué no puede haber división. Después habría que demostrar por qué no puede haber dos o tres funciones simultáneas. No basta decirlo.

—Pero eso lo da el razonamiento.

—No, no; perdone usted —replicó el estudiante—. Por ejemplo, entre esa mujer y yo puede haber varias funciones matemáticas: suma, si hacemos los dos una misma cosa ayudándonos; resta, si ella quiere una cosa y yo la contraria y vence uno de los dos contra el otro; multiplicación, si tenemos un hijo, y división si yo la corto en pedazos a ella o ella a mí.

—Eso es una broma —dijo Andrés.

—Claro que es una broma —replicó el estudiante—, una broma por el estilo de las de su profesor; pero que tiende a una verdad, y es que entre la fuerza de la vida y el cosmos hay un infinito de funciones distintas: sumas, restas, multiplicaciones, de todo, y que además es muy posible que existan otras funciones que no tengan expresión matemática…./…

Y continúa: …/… Todas estas fórmulas matemáticas y su desarrollo no eran más que vulgaridades disfrazadas con un aparato científico, adornadas por conceptos retóricos que la papanatería de profesores y alumnos tomaba como visiones de profeta…./…

Más adelante: …/… Las proposiciones matemáticas y lógicas son únicamente las leyes de la inteligencia humana; pueden ser también las leyes de la naturaleza exterior a nosotros, pero no lo podemos afirmar. La inteligencia lleva como necesidades inherentes a ella, las nociones de causa, de espacio y de tiempo, como un cuerpo lleva tres dimensiones. Estas nociones de causa, de espacio y de tiempo son inseparables de la inteligencia, y cuando ésta afirma sus verdades y sus axiomas “a priori”, no hace más que señalar su propio mecanismo…./…

—Cierto, fuera de la verdad matemática y de la verdad empírica que se va adquiriendo lentamente, la ciencia no dice mucho. Hay que tener la probidad de reconocerlo..., y esperar.

—¿Y, mientras tanto, abstenerse de vivir, de afirmar? Mientras tanto no vamos a saber si la República es mejor que la Monarquía, si el Protestantismo es mejor o peor que el Catolicismo, si la propiedad individual es buena o mala; mientras la Ciencia no llegue hasta ahí, silencio.

—¿Y qué remedio queda para el hombre inteligente?

Hombre, sí. Tú reconoces que fuera del dominio de las matemáticas y de las ciencias empíricas existe, hoy por hoy, un campo enorme a donde todavía no llegan las indicaciones de la ciencia. ¿No es eso?

—Sí.

—¿Y por qué en ese campo no tomar como norma la utilidad?

—Lo encuentro peligroso —dijo Andrés—. Esta idea de la utilidad, que al principio parece sencilla, inofensiva, puede llegar a legitimar las mayores enormidades, a entronizar todos los prejuicios.

—Cierto, también, tomando como norma la verdad, se puede ir al fanatismo más bárbaro. La verdad puede ser un arma de combate.

—Sí, falseándola, haciendo que no lo sea. No hay fanatismo en matemáticas, ni en ciencias naturales. ¿Quién puede vanagloriarse de defender la verdad en política o en moral? El que así se vanagloria, es tan fanático como el que defiende cualquier sistema político o religioso. La ciencia no tiene nada que ver con eso; ni es cristiana, ni es atea, ni revolucionaria, ni reaccionaria.

—Pero ese agnosticismo, para todas las cosas que no se conocen científicamente, es absurdo, porque es antibiológico. Hay que vivir. Tú sabes que los fisiólogos han demostrado que, en el uso de nuestros sentidos, tendemos a percibir, no de la manera más exacta, sino de la manera más económica, más ventajosa, más útil. ¿Qué mejor norma de la vida que su utilidad, su engrandecimiento?.../…

¿Comprender? ¿Explicarse las cosas? ¿Para qué? Se puede ser un gran artista, un gran poeta, se puede ser hasta un matemático y un científico y no comprender en el fondo nada. El intelectualismo es estéril…./…

 

(Ver el documental de TVE Creadores del siglo XX: El mundo de los Baroja).

La admiración por el escritor entre sus colegas fue casi unánime -a pesar de sus trifulcas-: desde Hemingway a John Dos Passos y desde Camilo J. Cela a Azorín no fueron más que cantores de alabanzas al escritor vasco. Al fin, fue un hombre sabio y uno de los más grandes escritores de nuestra literatura . Pesimista o realista (“No existe verdad política y social. La misma verdad científica, matemática, está en entredicho, y si la Geometría puede tambalearse sobre las bases sólidas de Euclides,¿qué no les puede pasar a los dogmas éticos de nuestra sociedad?”), fue un intelectual que participó en la vida política, se posicionó, intervino –más de pensamiento que de obra-, pero no estuvo quieto ni ausente.¡Todo un intelectual! Desde aquí nuestro reconocimiento. AMJ


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